…y me voy de viaje…

Ella me dijo que por favor tuviese cuidado, que no me pasase nada. Yo le respondí que ojalá me pasase algo.

Y es que si un viaje no te cambia no has hecho un viaje, simplemente habrás cambiado el fondo de tus fotos para Instagram. Si quieres trasladar tu vida a donde vas, no viajes. Si no estás abierto de mente para descubrir otras gentes, otras culturas, otras sonrisas y otra forma de hacer las cosas, no viajes. No hay tierras extrañas, allá donde vayas el extraño siempre serás tú. El mejor consejo que me han dado sobre esto es donde fueres haz lo que vieres.

Y aquí estoy a cuatro días de partir en mi segundo gran viaje en solitario, escupiendo estas palabras para que alguien a lo mejor las lea. Estos días que me vuelven a revolver el estómago, que no me permiten dormir más de 3 horas seguidas. Estos días en los que me recorre un cosquilleo por las piernas, que noto como mis manos tiemblan al pensar en todo lo que queda por delante. Que tienes miedo, pero no permites a ese perro que se apodere de ti.

Mi segundo viaje sin fecha real de llegada. Sin saber qué vuelo cogeré para volver. Por supuesto que soy un afortunado. No hablo de eso, eso ya lo sé. Soy inmensamente afortunado, no sólo por poder hacer esto, que es lo que me gusta, sino por todo. Mi familia, mis amigos y… saber que hay mucha gente deseando que llegue de vuelta sin haber partido, pero que me da la libertad absoluta para volar. Esto, pese que pueda parecer contradictorio, me da una sensación de responsabilidad enorme. Tengo la obligación de vivir estas experiencias al máximo.

Y luego queda la vuelta. La del año pasado fue exageradamente dura. Los que me conocéis de esos momentos sabéis lo mal que lo pasé. Los viajes te cambian, te deben cambiar. No tu yo interior, pero sí tu forma de ver el mundo, tu forma de verte a ti. En un viaje en solitario, tienes que luchar cada día contigo mismo. Tienes que responderte varias veces la pregunta de, ¿qué hago aquí? Pero luego es peor, porque cuando vuelves realmente te haces la pregunta y ya muy en serio de, ¿qué hago yo aquí? Todo cambia. Todo en occidente va con prisas. Pasas en unos días en los que tu única preocupación es dónde dormir y dónde hay una gasolinera, a ver y analizar a la gente que está exhausta porque ha perdido el metro o porque la talla del pantalón le deja de valer.

Somos impresionantemente egoístas. Aquí, en esta jungla de ladrillos, ya ni conocemos a nuestros vecinos. Ya no preguntamos qué tal estás. Ya se nos ha olvidado mirar a los ojos sino es a través de una pantalla. Hace poco leía un libro donde le preguntaban a un niño qué quería ser de mayor y él respondía que feliz. La maestra le interrumpió y le dijo que no había entendido la pregunta y él contestó que ella no había entendido la respuesta.

Y es que viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal. Viajar te da un exceso de libertad abrumadora, muchas veces difícil de gestionar. Estás tú y tú decides el destino. Decides dónde parar, dónde dormir, dónde comer, pero también en qué pensar.

En el último viaje me fui, entre otras cosas huyendo de mi para estar conmigo. Puede sonar confuso, pero no lo es. Necesitaba saber quién era. Y para eso no hay nada mejor que estar contigo hasta disfrutarte. Hasta que te rías de las tonterías que se pasan por tu cabeza. Rozas la locura algunas noches. Hablas contigo mismo. Te maldices, te perdonas y te terminas riendo. Y es que sino eres capaz de reírte de ti mismo, eres un imbécil. Lo siento. Yo lo he sido, no te creas. Ahora soy un pantomimo.

Pero este es diferente. Aquí no huyo de nada ni de mi mismo. Un motero ruso que me encontré en Brujas me dijo que disfrutase el primer viaje, porque no va a haber ninguno igual. Y es cierto. Ya sé que todo problema tiene solución, sino no es un problema. Ya sé cómo gestionar (me) todo lo que venga. Ya sé que allá donde tenga un pequeño problema, siempre habrá alguien que te va a ayudar. Siempre, aparece un ángel de la guarda. Ya sé lo que voy a sentir a la vuelta, y también a la ida. Tengo la suerte de ya saber quien soy.

Un comentario sobre “…y me voy de viaje…

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  1. Atito, qué te voy a contar.. es un placer leerte.

    A la vuelta de tu primer viaje te dije que emanabas felicidad y paz, que se veía un aura alrededor de ti que daba gusto sentir. Si cada vez que sales vuelves de ese modo, te invito a seguir y seguir, pero por favor, veámonos siempre a tu vuelta.

    Suerte. Un abrazo

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